Tishá Beav: Engañar a un tonto

Por estos días estamos rememorando la destrucción del primer y segundo Templo de Jerusalén. Se tratan - ambos - de eventos históricos de larga data. El primer Templo fue destruído en el año 586 a.e.c. mientras que el segundo fue destruído hacia el año 70 de la era común.
¿Quién fue el causante de dichas tragedias?

De acuerdo a nuestras fuentes nadie más que nosotros.

El primer Templo fue destruído por obra de la idolatría, las relaciones sexuales impropias y el derramamiento de sangre. El segundo fue destruído por causa del odio gratuito entre hermanos.

El relato de la destrucción del segundo Templo aparece en el Talmud y sugiere que esta tragedia tuvo más de un responsable.

La historia allí narrada es bien conocida.

Uno de los hombres más acaudalados de Jerusalén, tenía un amigo llamado Kamtza y un enemigo llamado Bar Kamtza.

Este hombre organizó una fiesta en Jerusalén a la que invitó a los personajes más encumbrados de la ciudad y - por error - envió una invitación a su enemigo - Bar Kamtza - en lugar de hacerlo a su amigo Kamtza. Bar Kamtza, sorprendido por la invitación, llegó a la celebración y el hombre lo echó del lugar ante la indiferencia de todos los sabios de Jerusalén.

Cargado de resentimiento por la actitud del anfitrión y el silencio de los sabios, Bar Kamtza fue a contarle al emperador que los hebreos planeaban una rebelión en su contra. Incrédulo, el emperador pidió pruebas. Bar Kamtza le propuso que envíe un animal al Templo de Jerusalén; si los hebreos renunciaran a ofrendarlo, éso probaría su razón.

En el camino de regreso a Jerusalén, Bar Kamtza provocó un defecto en el animal que lo inhabilitaba como ofrenda. Al llegar el animal al Templo los hebreos se encontraron en una encrucijada. Impedir el sacrificio podría exasperar al emperador de Roma y poner en riesgo el futuro de Jerusalén. Sacrificarlo implicaría que se pueden ofrendar en el Templo animales defectuosos.

El portavoz de esta posición fue Rabí Zejaria Ben Avkulas. Finalmente, su temor ritual privó y el animal del emperador fue descartado. Concluye Rabí Iojanán: «La devoción de Rabí Zejaria Ben Avkulas nos destruyó la casa, nos quemó el Templo y nos expulsó de nuestro país».

¿Quién fue entonces el culpable de la destrucción de Jerusalén? ¿Bar Kamtza, el anfitrión de la fiesta, los sabios que callaron o Rabí Zejaria? ¿Tal vez todos juntos? Lo que llama la atención es que el Talmud - si bien los menciona - no sienta en el sillón de los acusados a los promotores de la masacre: el emperador Vespasiano y su hijo Tito, futuro emperador y comandante militar sobre la provincia de Judea.

La lógica de nuestros sabios resulta fascinante y perturbante al mismo tiempo.

Fascinante porque hace casi dos mil años que el Templo de Jerusalén fue destruído, y aun hoy - dos mil años después - seguimos buscando al responsable.

Sólo un pueblo que sabe examinar su pasado, puede enmendar errores, renacer de la cenizas y transformar crisis en oportunidades. Es el ejemplo más acabado de la nunca bien ponderada «culpa judía», que es la raíz psicológica de la Teshuvá.

Pero - al mismo tiempo - esta idea es perturbante. La culpa es siempre de uno y el otro se transforma en un actor de reparto, o bien, en una anécdota de la historia sin posición tomada.

Cuando se analiza por estos días la raíz del conflicto israelí-palestino, se aprecia nuevamente que la culpa es parte constitutiva de nuestro ADN como pueblo. Suena raro, pero estamos convencidos que los culpables exclusivos de esta crisis somos nosotros.

La izquierda dirá que la culpa es nuestra. Netanyahu no supo fortalecer a la Autoridad Palestina (AP) y ninguneó a Abu Mazen. Las conversaciones de paz con la AP siguieron su curso - incluso bajo el Gobierno de Netanyahu - pero nunca se interrumpió la costrucción de asentamientos en Cisjordania.

La derecha dirá que la culpa es nuestra, porque nunca Israel se animó a a reconquistar la Franja de Gaza para destituír a Hamás. Mientras ésto no ocurra, las escaladas retornarán cíclicamente.

En enfoque de la derecha y de la izquierda es diferente; el ADN es el mismo. Tal como ocurriera con el Templo de Jerusalén, la culpa es siempre nuestra.

Lamentablemente, ambas tésis - la de la izquierda y la de la derecha - colapsaron. La generación de Oslo ya expresa abiertamente hace años su incredulidad y pesimismo. Entregar territorio por paz, funcionó bastante bien con Egipto, pero el conflicto entre israelíes y palestinos es de naturaleza diferente. No se trata de un problema de fronteras. Aquí se mezcla historia, geografía, religión y demografía. Tal vez la lista sea más larga.

Respecto al otro extremo del arco, puede que por estos días estemos presenciando el «Oslo» de la derecha; las crisis con Gaza no se resolverá por la fuerza. Posiblemente, se pueda conquistar Gaza militarmente, pero por lo visto -como dijo Clemençeau - «la guerra es un asunto demasiado serio como para dejarlo - exclusivamente - en manos de generales».

La parte más inquietante de estas tendencias culpógenas, es que de tanto auto-inculparnos nos hemos alineado con el resto del mundo. Nosotros creemos que la culpa es nuestra; ¡el mundo también!

Vale pues aliviarnos la mochila.

Israel ha mostrado disposición política para solucionar el conflicto. Las posiciones ideológicas en Israel, en los últimos 20 años, se han movido de manera dramática. Si izquierdistas israelíes pregonaran hoy lo que solían pregonar a fines de los '80, serían - sin ninguna duda - tildados de «halcones». Por otro lado - y durante los útimos 20 años - la derecha israelí mostró disposición para conceder a los palestinos más de lo que hubiera concedido en sus peores pesadillas de aquella década. ¿Quién iba a pensar, por ejemplo, que Ariel Sharón dejaría la Franja de Gaza?

La lista de las culpas palestinas es larga. A 20 de los Acuerdos de Oslo, los palestinos siguen transmitiendo en el mismo dial.

El Estado de Israel, por ejemplo, sólo es reconocido como un ente jurídico, no como un Estado judío.

Abu Mazen encendió una esperanza hace unos meses cuando declaró en un reportaje a la TV israelí que no tiene como objetivo retornar a Tzfat (Safed), ciudad que lo vio nacer en 1935. De esa forma sugirió un cambio en la posición palestina respecto a la crisis de los refugiados, uno de los puntos más algidos en cuestión.

Pero su hijo y su nieto, hace una semana, pulverizaron las esperanzas: «Volveremos a Tzfat, a Palestina», dijeron ambos en un nuevo reportaje.

Evidentemente, la renuncia al «derecho» de retorno, sólo tiene alcance personal - ni familiar, ni nacional - incluso cuando es enunciado por la máxima autoridad de la AP.

Cuando existía un horizonte político para la resolución del conflicto, masacraron a más de 1.200 israelíes durante la segunda Intifada. Los atentados no provenían exclusivamente de Hamás, sino del mismo riñon de la AP.

Nadie con sentido común puede afirmar que los palestinos no tienen aquí culpas y responsabilidades, por acción o por omisión.

Abraham Lincoln dijo en una ocasión que «se puede engañar a poca gente mucho tiempo. Se puede engañar a mucha gente poco tiempo. Pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo».

Lo más penoso - de todos modos - es que los palestinos se engañan a sí mismos.

Por éso, permítanme complementar el proverbio de Lincoln con otra máxima pronunciada por Rabí Moshé de Kobrín:

«Engañar a Dios es imposible. Engañar a los hombres está prohibido. Y quien se engaña a sí mismo es un tonto. ¿Y qué gracia tiene engañar a un tonto?».
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